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El Observador


Me había acostumbrado a su letra imperfecta, con las
íes inclinadas hacia el este, las oes sin cerrar del todo y las jotas y las pes
truncadas por abajo que nunca terminaba, como si no tuviera tiempo de hacerlas
descender.
Sus palabras, con morfemas increíbles, devastan los
lexemas que me retan continuamente en cada oración, y yo las retengo en mi
vista durante minutos para que nunca se olviden, porque imitan a la perfección
las formas redondas de su cuerpo, las curvas de su amplia cadera de mujer ya
terminada y dispuesta a todo, mientras sus senos elevados se abren paso en cada
frase que levanta mi apagado ánimo. Nada le sobra a su cuerpo ni le falta a su
letra, existe una proporción exacta entre ambos que yo imagino cuando leo sus
postales. Bosquejo su voz que ya nunca escucharé. Pero da igual, ¿qué es una
voz sin un menaje, sin una historia que contar? Sin una caricia.
Llovizna. Dentro de una hora, cuando anochezca, la
agüilla cuajará en amargos copos que cubrirán el alfeizar. Esta tarde he sacado
del buzón su última postal. He releído mil veces todas las demás –una por
semana desde hace casi un año, y siempre de la misma ciudad que ya conozco
mejor que Madrid–. Creo que es la que más me gusta. Es una imagen de la ciudad
de Sofía cubierta por la nieve. Al fondo se ve la Catedral de Alexander Nevski,
baluarte de una ciudad con mil culturas, como ella, mujer de mil estampas. Será
por eso que me gusta tanto, y porque es la última postal que recibo: la
despedida. Ya no enviará más. Por eso mismo no pienso leerla. La dejaré sobre
el escritorio, apoyada en el flexo, delante de las otras, para contemplarla
hasta que me canse y decida darle la vuelta. A lo mejor la lea en algún
momento. Tengo toda la vida por delante, el tiempo necesario para aplazar el
desenlace final en que me explica por qué me abandona. Y quiero maginar que
esta tarde, a las seis y media, volveré a verla entrando en su portal.
Primero: buscará por el fondo de su bolso hasta
encontrar las llaves.
Segundo: abrirá la puerta empujándola con la rodilla.
Tercero: en ese momento sonará su teléfono móvil, se
quedará bajo el vano de la puerta sin saber qué hacer, si entrar al portal o
quedarse en la calle rebuscando en el bolso, poniéndose nerviosa, quizá
diciendo algún improperio en contra del tamaño excesivo de ese bolso barato que
cuelga de su hombro.
Cuarto: encontrará el móvil y una sonrisa aparecerá en
su cara al ver el número en la pantallita. Lamentablemente esa llamada nunca es
la mía. Escucha y cuelga después. Entra en el portal y desaparece de mi vista.
Quinto: media hora después, a las siete en punto,
llegará en un taxi el hombre que presuntamente la ha llamado. Éste, con su
chaqueta impoluta, pulsará el telefonillo, se abrirá la puerta y entrará como
un furtivo.
Sexto: a las 8:50 de la noche llega el mismo taxi de siempre.
Aparca frene al portal y apaga el motor.
Séptimo: a las 9 en punto, ni un minuto antes ni un
minuto después, sale el hombre de la chaqueta impoluta del portal y entra
corriendo en el taxi que lo espera.
Llegué a pensar que el taxista estaría contratado de
forma permanente. Hay ciertos hombres de negocios que no conducen o no quieren
llevar chófer por eso de la discreción. Es un hombre que le dobla la edad a
Ivanka y del que nunca he sentido celos; y estoy seguro de que esa amistad la beneficiaba.
Me hacía sentir tranquilo que alguien la cuidara. Los
amantes mayores suelen ser protectores, sobre todo si ellas son más jóvenes y
no son las propias. En ellos, debe de haber una especie de responsabilidad
celosa, huraña, mezclada con un deseo atroz insatisfecho y culpable que los
obliga a colmarlas de caprichos o a solventar sus necesidades. Conocer este
hecho, neutralizaba cualquier sentimiento celoso que pudieran producir en mí
aquellos encuentros diarios de mi joven vecina con ese caballero de identidad
desconocida.
Reconozco que juego con ventaja. A las cinco y veinte
ya estoy en casa, me preparo un té y me siento en el escritorio que he colocado
bajo la ventana que da a la calle y a su edificio. Y hora tras hora voy
metiendo en el carril de mi vieja Olivetti las hojas en blanco que colmo de
palabras, que a veces no dicen nada, y otras hablan de ella y de mí, también de
nosotros, del cariño que la tengo, de nuestro matrimonio hecho trizas y de
nuestro futuro inalcanzable.
Nunca me atreví a bajar a la calle y cogerla del brazo
para decirle que vivo enfrente de su edificio, que la espío, y que sé de sus
líos a los que tiene todo el derecho, por supuesto; que trabajo delante de una
máquina de escribir desde que llego de un empleo que me asegura el pago del
alquiler y que podría suponer un futuro mejor. En eso he prosperado, le diría. Pero
no digo nada. Ni hago nada que no sea levantar la mirada de las teclas de mi máquina
para mirar por la ventana.
He rellenado cientos de hojas con el día en que a
nuestra hija le atropelló un coche y tuvimos que llevarla al hospital. Mi niña
me apretaba la mano llena de terror tumbada sobre la cama. Yo le limpiaba las
lágrimas con mi sucio pañuelo y la consolaba sabiendo que no iba a sobrevivir. Nuestra
hija moría en mis brazos. He reescrito ese final mil veces, y reconozco que es
una historia triste que nadie se merece, pero un escritor no pude sentir
lástima de lo que escribe, ni sentir debilidad, ni pervertir sus historias para
hacerlas menos dañinas y rencorosas.
Veo en su última postal una ciudad nevada que no
conozco. Me imagino a Ivanka hundiendo los pies en la nieve, cogida de mi mano
para llevarme corriendo hacia el interior de la Catedral como si fuéramos dos
turistas. Pero en cambio, me hallo sentado ante una hoja en blanco, sin saber
por dónde empezar a contar una nueva historia, con todos estos pensamientos
sobre una mujer tan hermosa.
El principio de nuestro final comenzó porque Ivana llevaba
una semana sin aparecer. Me ponía nervioso esperar día tras día que dieran las
seis y media de la tarde. Me encontraba intranquilo. Perdía la concentración
continuamente pensando en ella. ¿Estaría enferma? ¿Había salido de viaje?
La última vez que la vi salía de su portal con el abrigo
anudado a la cintura y un pequeño bolsito de mano. Ningún otro bulto que delatase
una usencia prolongada. ¿Habría sido asesinada por su protector? ¿Estaría su
cadáver sin descubrir? El hombre tampoco había aparecido en toda la semana, a
las siete en punto, y eso es lo que más me alarmaba. Él tenía que saber dónde podría
encontrarse Ivanka, quizás se hubieran fugado juntos. Yo tenía anotada la
matricula del taxi y no me costaría reconocer al mismo chofer de todos los
días; tampoco a él, que vestía elegante y ya le faltaba pelo, y el que poblaba
su cabeza era ya blanco azulado por las sienes. Un hombre distinguido, sin
duda. Un caballero adinerado.
Yo estaba decidido a esperar un par de días más para
denunciar la desaparición de Ivanka a la policía. Pero pensar que podría estar
en apuros en su propio apartamento, a tan sólo veinte metros de mi estudio,
mientras yo hundía lentamente mis dedos en las teclas de la Olivetti imaginando
historias sobre ella, me desconcentraba continuamente. ¿Y si todo lo que estaba
escribiendo se volvía en mi contra y se hacía realidad? ¿Y si mi pobre Ivanka
había sido víctima de ese viejo sádico y se estaba desangrando poco a poco
sobre la alfombra de su habitación, desnuda y con las manos atadas a la espalda
a la espera de que yo escribiese otro guión para ella o diese un giro
inesperado a su final?
Me parecía ver sus ojos verdes, estremecidos y llenos
de lágrimas, suplicándome que rompiera las páginas que la condenan a muerte.
Era imposible todo aquello. Imposible que mi escritura
diera un salto de la ficción a los hechos. Pero aún así no estaba tranquilo y
necesitaba verla de nuevo subiendo por la acera, pararse a rebuscar en su gran
bolso de mercadillo las llaves de su casa. Por lo que decidí acercarme a su
portal y echar un vistazo a ver si encontraba algún indicio que desvelase su
ausencia.
Me puse mi gabardina vieja, unas gafas de sol y cerré mi
puerta. Crucé la calle. Su portal estaba abierto. Buena oportunidad de no
llamar a la atención. Un año observando desde mi ventana discretamente para que
en un momento me tropezara con Ivanka. Eché un vistazo rápidamente por los casilleros
hasta que vi en un buzón una pegatina blanca con su nombre y apellido:
Dvoretzka, escrita a mano, con esa letra tan familiar para mí con la i tumbada
hacia el este y la o sin cerrar. No me costó forzar la puertecita. Comprobé que
no había correspondencia, solo propaganda de comida rápida y de algunas tiendas
del barrio.
Tomé el ascensor hasta la segunda planta.
Me paré frente a la letra D y puse el oído sobre la
puerta. Parecía que nadie estaba dentro. Olfateé con placer un excitante
perfume, como un perro que olisquea el celo de una desconocida. Pensé en una
cara fragancia, quizá demasiado dulzona. Seguramente él se la costeaba, como
costearía el alquiler de ese piso en un viejo inmueble del barrio de Malasaña; el
barrio en el que vivo desde hace tres años, un barrio de gente variopinta que
me inspira las historias más rocambolescas.
Me di la vuelta y tomé el ascensor de bajada. Saliendo
de él, entraba una vecina en el rellano que reconocí rápidamente. Una anciana
del tercer piso que vive sola –si exceptuamos al gato que suele dormitar sobre
el alfeizar de su salón–, justo en el apartamento de encima de Ivanka. La
saludé con amabilidad. La mujer me correspondió cariñosamente, casi con
felicidad por ver una cara humana, y se paró a descansar. Aproveché a
preguntarla si sabía de su vecina del piso de abajo: una amiga que había venido
a visitar por segunda vez en esta semana y por la que estaba preocupado. Se
tomó su tiempo en contestarme y recobrar el aliento. Respiraba con dificultad y
temí por ella. Pero enseguida se recompuso y me dijo que no me alarmara, la
señorita Ivanka había partido hacia su país. La joven, por cierto, me dijo
achicando los ojos, tan hermosa, estaba de paso en Madrid y había finalizado
sus estudios en la Universidad Complutense. Me aseguró la anciana que lo sabía
con toda certeza porque antes de irse Ivanka a su país le había subido una caja
llena de recuerdos que no podía llevarse con ella. La joven siembre había sido amable
y cariñosa, y la pobrecita tenía a toda su familia en Bulgaria y se encontraba
muy sola en Madrid.
La interrogué varias veces rogándole que hiciese
memoria. Era improbable que mi amiga estuviera en la Universidad. Si siempre
pensé en turbias actividades. Pero la anciana se mostró cada vez más segura de
su relato, con una memoria a prueba de cualquier pregunta, dándome hasta
detalles de su última conversación con Ivanka: al parecer había finalizado su
trabajo fin de Máster y con ello su etapa en España, y además, se iba a casar
en cuanto llegara a Bulgaria con un novio que había dejado en Sofía. El
muchacho estaba intranquilo y la reclamaba continuamente. Parecía ser que la
parejita de búlgaros estaba muy enamorada, y comprometidos desde jovencitos. En
cuanto Ivanka regresara a Bulgaria comenzarían los preparativos de la boda.
Me vino a la cabeza el móvil preferido de los amantes
para el asesinato, los celos nos llevan por caminos tortuosos de recorrer. Pero
también era posible que Ivanka inventara esa historia fantaseando una vida en
la que yo ya no tuviera nada que escribir. Finalmente, la anciana se lamentó de
que la joven, con las prisas, no la dejara dirección alguna donde mandarle la correspondencia
o escribirla alguna vez.
Regresé a casa desconcertado y deseando conocer el
contenido de la caja que supuestamente Ivanka le había entregado a su anciana
vecina, y en las palabras que ésta había utilizado: «Recuerdos que no podía
llevarse con ella». Tuve una sensación terrible de ansiedad por saber qué
recuerdos eran esos. Veía las fotos de nuestra historia tiradas en esa caja
junto a las que se hiciera con su protector; todas revueltas y mezcladas sin
orden alguno, con nuestros momentos románticos y sensibles confundiéndose con
las imágenes de sexo abominable que practicaba con él.
Y no entendía cómo una mente analítica como la mía no
había caído en interrogar en profundidad a la anciana: si había abierto la caja
de recuerdos que debían quedarse en Madrid; si ya me conocía y había fingido
para contarme todo aquello y ponerme al corriente de su verdad; o si era su
“celestina” deseando alejarme de Ivanka sin ahorrarme sufrimiento alguno.
Todas las posibles probabilidades me atormentaban e
intentaba encontrar la más adecuada.
Que Ivanka hubiera decidido volver a Bulgaria me
entristecía. Es por ello que ya no veía al taxista silencioso llegar por las
tardes, ni a su protector salir del taxi con la preocupación de ser visto.
Pensé en localizar a ese desconocido para que aclarara mis dudas y me
confirmara si de verdad Ivanka se había largado con su búlgaro. En caso
afirmativo, intentaría convencerle para que intercediera por mí y la hiciese
regresar; él es atractivo, y es posible que ella todavía siga enamorada de ese
hombre mayor que la colma de regalos. Estoy seguro de que ni a él ni a mí nos
importa su matrimonio con ese novio búlgaro que estará loco por ella y que la
ofrecerá sin duda un futuro mejor que el que yo pueda jamás inventar para ella,
ni de las vidas que la he creado y que nunca leerá. Mejor así, porque se
ahorrará el sufrimiento de presenciar la muerte de su hija en un terrible
accidente de tráfico, y de los finales espantosos que he escrito para ella.
También se librará de ser la amante secreta de un
hombre casado que nunca dejará a su familia, y que es muy posible que acabara
asesinándola.
Ivanka me ha inspirado muchos cuentos, pero siempre
tristes, aunque su rostro es el de una chica alegre con una sonrisa dispuesta a
ser disparada en cualquier momento, como una bala acostumbrada a impactar
siempre en el blanco de todos los hombres que han pasado por su vida.
Pero ahora solo tengo ojos para la última postal de
Sofía con la tristeza de su partida. Es curioso cómo uno se acostumbra a las
rutinas diarias que dan vida a nuestros hábitos. Cuando estos faltan parece que
algo se nos muere en lo más profundo. Esa ausencia me ha dejado en un estado de
atonía indiferente, y necesito sustituir esa rutina que se ha ido por otras
similares que rellenen lo antes posible este vacío. Intentaré escribir una novela
que cambie el curso de otra novela que recoja lo que he escrito sobre nosotros
y sobre Ivanka. Porque ahora sé que no volverá a entrar en ninguno de mis
cuentos, bien porque ha partido hacia Bulgaria o porque ha sido asesinada por
su amante, como he escrito. El motivo es lo de menos, lo que importa es que no
está y lo nuestro ha terminado.
 Pensar ahora en
cambiarme de apartamento no servirá de nada. Tampoco servirá seguir escribiendo
las postales de Sofía, que cada vez me cuestan más de encontrar por las viejas
tiendas del Rastro. Ni existe ya el motivo de echarlas al correo cada semana,
con la dirección de mi estudio, simulando su letra eslava, su carácter de mil
culturas para hacerme pasar por ella y lo que me podría escribir si hubiéramos
vivido lo que he narrado para ella.

Si supiera en qué lugar vive de esa ciudad a los pies
del Monte Vitosha se las enviaría como regalo de boda. Pero mi vida de escritor
continúa en una espera tranquila con la esperanza de que se instale en su piso otra
mujer como ella sobre la que fantasear y llenar las hojas en blanco que guardo
en un cajón a la espera de ser escritas con las vidas que me invento, y cambiar
las postales Sofía por las de otra ciudad del mundo que nunca visitaré.

El Observador está publicado en la antología:  El hilo de Sofía. 18 escritores españoles en clave de  cuento. Madrid, 2011. ISBN:
978-84-15449-07-2.

Ilustración: Gustave Caillebotte, Hombre joven en la ventana.

7 Comments

  • Emilio Porta
    Posted 11 mayo 2012 at 11:09 am

    Me gustan los descubrimientos. Y si son buena Literatura, mejor. En este caso ya te conocía, pues compartimos libro. Pero me ha gustado tu blog. Y tú relato, claro. También aquí. Saludos.

  • Josep Manel Vidal
    Posted 20 mayo 2012 at 10:29 pm

    Sencillamente genial.

  • Arcodeon
    Posted 21 mayo 2012 at 3:23 pm

    Mer, es muy bueno. Te contaré en su momento porqué no lo había leído todavía. Me alegro de haberlo hecho ahora, merece la pena, tiene la calidad que solo una gran escritora puede plasmar. Bss

  • Anónimo
    Posted 23 mayo 2012 at 3:35 pm

    Sencillamente precioso. De una elegancia y sutileza sublime.

  • luis rafael borbón jeane
    Posted 12 julio 2012 at 1:59 pm

    Es verdad que algunos hombres vivimos el amor gracias a la imaginación y a las ilusiones que nos hacemos hasta que nos da la idea de que ha llegado la hora del desengaño y nosotros mismos proporcionamos la ocasión para que nos den las calabazas.

  • Mercedes de Vega
    Posted 12 julio 2012 at 4:09 pm

    La vida, supone un desengaño continuo; nos salva la ilusión.

  • Anónimo
    Posted 27 julio 2012 at 11:15 am

    Tengo sobre la mesa 'Còdigo general de conducta'-no es posible, jo-
    ¿Qué es esto…? Por alguna extraña razón sigo siendo un idealista
    de diseño, el otro día sin ir más lejos me llamó la atención un escaparate situado en una zona oscura y extrañamente oculta a los ojos de los viandantes de 'ese' lugar, y digo bien lo de 'ese' porque es que era una S lo que yo vi…
    Aquí se cortó la emisión de radio, así de repente, se habían agotado las pilas del transistor y yo me quedè como una doble curva de 'ese'. no continuará porque no tengo pilas.

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