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Bufete

Cuento

Quise salir a almorzar y llamé a Alejandra. Cuando descolgó el teléfono tenía la voz ronca y un timbre extraño. Dijo que había dormido mal: le dolía el estómago, tenía una jaqueca horrible y no podía comer nada; me dio las gracias y colgó. Llamé a Julio y me dijo lo mismo. Juan también durmió mal, y a Fernando, un dolor de cabeza terrible le había quitado el apetito.
Recogí mi mesa, guardé los informes en un cajón y me puse la chaqueta. Antes de salir de la oficina me pasé por el despacho de Melanie; la encontré lívida y con ojeras, se quedaría a terminar una apelación y no saldría a comer.
Según caminaba por el pasillo, encontré muy desmejorado a todo el personal del departamento, que entraba y salía de los distintos despachos con pintas de no haber dormido, y todos cargados de informes y carpetas. Llamé al ascensor y, antes de entrar, una mano me tocó la espalda: el director de departamento me llamaba a su despacho. Toqué a la puerta y entré. Nunca había visto al director tan viejo y ajado, con la camisa arrugada y la corbata medio deshecha. Se levantó y me estrechó la mano; sus pantalones parecían haber sido centrifugados. Intenté disimular mi asombro, pero me pareció tan evidente, que tuve que preguntarle si había algún problema en la oficina; me contestó que el problema era mi aspecto, y que no tenía más remedio que darme el día libre para que me repusiera durmiendo hasta mañana, y que no me sancionaría por ser quien era: un abogado eficiente y trabajador e hijo de un gran amigo. Me echó un rapapolvo de cuidado; que era un bufete importante… y que los empleados debían mantener una imagen digna.
No salía de mi asombro cuando cerré la puerta de su despecho y me saludó su secretaria con el bajo de la falda descosido y la blusa rajada por la espalda. Me despidió con un bostezo y se tapó la boca con la mano. En vez de coger el coche me fui a casa corriendo, tardé tres horas en llegar, pero lo conseguí.

No almorcé, ni cené, ni dormí en toda la noche, tampoco me cambié de ropa. Salí a las cinco de la madrugada para volver corriendo a la oficina. Alcancé a llegar al despacho a las ocho en punto, y pensé que mi aspecto no tendría nada que envidiar al de ningún otro empleado del bufete.
Sobre las doce, el director me volvió a llamar a su despacho; me froté las solapas de la chaqueta para arrugarlas un poco más, y entré.
Cuando salí de allí, metí todas mis cosas en una caja y me despedí de todos mis compañeros. Me miraban asombrados, pero nadie dijo nada. Me habían despedido. Pasó Melanie por mi lado y la encontré muy elegante, con unos tacones de aguja de veinte centímetros que me clavó en el pie, para decirme que la había cagado y que siempre iba a contracorriente.

>Relato publicado en “Cuentos del Sismógrafo”.

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