Skip to content Skip to footer

50 años sin William Faulkner

Reproduzco un artículo que
escribí en el año 2009, publicado en la revista Resonancias y que titulé: Un Santuario para El Astillero, sobre una de
las novelas más emblemáticas de Faulkner: 
Santuario, para el centenario
del nacimiento de Juan Carlos Onetti, el escritor más faulkneriano de todos
los escritores. En mi artículo pongo en contrapeso la magistral novela
de Onetti, 
Astillero, y la impecable Santuario, de Faulkner.




Si ciento un años no
son nada (1909), ciento trece (1897), se nos revela como un tiempo desaparecido,
no encontrado, errante. Percibido más actual que nunca en la retina del lector
que se acerque con sed de revelación a cualquiera de los dos escritores: Juan Carlos
Onetti y William Faulkner . Sus novelas y sus cuentos siembran un camino de arena
mojada y yuyos, y hacen de esas cicatrices que surcan nuestros días, una
realidad tan solo vivida a medias, sin dejarnos impasibles al tedio y a la
falsificación de la vida que no brota por ninguna parte. Que mañana tras mañana,
entra en nuestros despertadores y cubren nuestros despertares de lodos y
fangos, de las tierras turbias que saturan los escenarios de Santuario (W. Faulkner, 1931) y anegan
los de El astillero (J.C. Onetti, 1961).
En El astillero, los barcos desguazados, la herrumbre, la humedad y el
lodo sacuden las mañanas con un vapor de ensoñación a Larsen, que dirige una
farsa que acabará con él. Con un ánimo atrapado en la derrota con el que Onetti
construye su astillero: una ruina donde se descomponen las felicidades que alguna
vez nos hicieron fuertes, desde un santuario legado, un santuario de fracaso en
el que fabrica su ficción letra a letra, frase a frase, en plena intemperie, bajo
la lluvia y los días sin amaneceres; y pare a sus personajes en la desolación,
en la desesperanza, entre callejones de locura, pero… con un padre, un gran
padre con nombre y apellido que edifica ese santuario en el que todo perece. Y Onetti,
deslumbrado ante la obra de Faulkner: asombrado, hechizado, sin ánimos para
seguir escribiendo, se zambulle entre esas aguas turbias, se sumerge en ellas y
se nutre de sus limos. Donde las mujeres llevan camisas y zapatos de hombre «…con restos de infancia en los ojos, con
arrugas recientes, con desgaste, y pintura, con risa estridente que no se ríe
de nada, que sonaba, inevitable, como hipo, como tos, como estornudo»*
, y
los hombres se cubren con sombreros y aprietan el cigarrillo con los labios a
medio caer « aplastados por el hambre y la desgracia, separados de la vida, sin
ánimos para inventarse entusiasmos»*
.
La ambigüedad es el mejor
escondite de Onetti. Parece que lo que no se ve debiera ser mejor y más
fascinante, que lo que día tras día, se nos presenta trillado y común. Y eso,
precisamente, es lo que sitúa al escritor en una posición cómoda y segura, en una
posición tumbada, en el refugio de una cama. En el fondo, la ambigüedad onettiana
lo resguarda, le da un plus de tranquilidad, aunque ésta sea construida a base
de desesperanza y de pereza.
Onetti le debe tanto e
Faulkner… que a veces da la sensación de que esa semejanza es un guiño al
lector, incitándole a encontrar en el laberinto de su obra, lo que esconde, lo
que rescata de Faulkner, lo que atrapa del sureño norteamericano. Es como si
Onetti hubiese escogido la obra de su admirado escritor y se hubiera propuesto añadir
más desencanto y desolación, más condena e individualismo, y obtiene de ésta
los elementos que le sirven para esa trasformación y para crear un universo
paralelo, una ciudad inventada, personajes ridículos e historias de
desencuentros. Todo eso lo vemos con claridad en El astillero. Si leemos Santuario,
novela que debió caer en manos de Onetti con una primera edición en castellano
en 1933, queda claro que calca ciertos retratos con una precisión indisimulada,
y creo que hasta provocativa; sin citar la coincidencia en la voz y el tono, y en
la estructura. Y aunque Onetti utilice una adjetivación claramente más oscura,
trágica y desencantada, onírica, y a veces con un narrador testigo que nos
cuenta desde afuera y nos da su opinión, crea la historia cómo si tomase parte
de un sueño, como si no estuviese pasando en el territorio de la ficción, sino
en una realidad fabricada en el inconsciente. Mientras que la objetividad
aparente de Santuario, nos incita a
pensar que ésta participa de la vida con mayor realismo.
Los dos hacen del
ambiente y del paisaje el personaje clave.
Sin haberme propuesto
un análisis exhaustivo, ni comparativo, ni académico, ni nada por el estilo,
sacudo la cabeza al encontrar en El astillero
a Angélica Inés con el vestido blanco de Narcisa –será por algo– y a la mujer
de Gálvez con los mismos zapatos de hombre de Ruby. Las dos cocinan carne –quizás
sea la misma carne–, que una asa y la otra fríe, para dar de comer a hombres
que tienen similares inquietudes: unos son contrabandistas y los otros roban; en
las mismas casas solitarias, con porches de tablones usados entre la maleza de
una jungla desguazada, apartada y escondida; en un lugar abandonado, donde los
personajes silencian las normas de la sociedad para subsistir al margen de ésta.
Con el código de los desesperados, de las gentes que van por el borde de la
vida haciendo equilibrios, y en escenarios paralelos: Santuario en un gran delta y El
astillero
en el borde de otro inmenso rio.
En las dos, el burdel y
la prostitución abordan las historias, en un Larsen viejo y retirado del
proxenetismo, y en Popeye que esconde en un burdel a una jovencita que ha
perdido toda inocencia. En Santuario,
Ruby, la ex prostituta mujer de Goodwin, lleva a su niño moribundo siempre en los
brazos, y lo esconde de las ratas en una caja de madera detrás de un fogón.
El Chamamé de Puerto Astillero,
es un bar de mala muerte en el que el polvo se arrastra a la misma velocidad que
los pasos de las absurdas parejas que bailan como fantasmas en un cementerio, mientras
los gánsteres de Santuario se pelean en
el club y la orquesta toca blues y canciones para un muerto.
Distancias cortas que
se encuentran no tan alejadas, cuando Faulkner hace cantar a su homicida negro con
voz de barítono desde la celda de la cárcel, antes de ser horacado, y la gente
se arremolina a escucharlo en la calle tras el ventanuco de su celda, «Pasaron junto a la cárcel, un edificio
rectangular, brutalmente acuchillado por pálidas rendijas de luz. Sólo la
ventana central era lo suficientemente amplia para darle ese nombre… El
homicida negro se apoyaba en ella; abajo a lo largo de la valla, una fila de
cabezas –con sombrero algunas y otras destocadas
sostenidas por hombros ensanchados en el trabajo, y las voces
conjuntadas, sonoras y tristes, que se alzaban en la noche tibia e insondable,
hablando del cielo y del cansancio»
®,
y Onetti hace que se escuche fox en
la radio, y que los músicos que tocan en el Chamamé se reduzcan «…a una guitarra y un acordeón y su natural
consecuencia… y sus mujeres con ropas y pinturas increíbles, un hembraje
indiferenciado, un conjunto movedizo de colores, perfumes y agujeros, con
tacones altísimos o con alpargatas, con vestidos de baile o con batas manchadas
por vómitos y orina de bebés”.
Y los todos fuman,
mascan tabaco, lo escupen y hacen del fumar una desesperación más. Y siento que
la muerte va a estar en el próximo capítulo. Y al final sucede lo que está
escrito que tiene que suceder a los hombre, a las mujeres, a las vidas sin
esperanza.
Para Faulkner las
cicatrices están en la tierra «el camino
era una cicatriz demasiado profunda para ser una camino…
» y Onetti las
traslada a la piel «…se levantó con una
expresión de inocencia donde se marcaban las arrugas como cicatrices
». Y
paso las páginas y me adentro en las dos historias, en esos lugares abandonados,
en esos personajes a medio tocar el suelo con la cabeza ladeada y el sombrero
medio colocado. Hombres que escupen al suelo y llevan revólveres en la
sobaquera. Y Faulkner me deslumbra con su elegante estilo, el estilo que veo
ocupando con meticulosidad en las desilusiones sobre el parquet podrido y
perros oliendo el frío entre las piernas de sus dueñas de Onetti, y en los
largos pensamientos de desencanto que abarrotan sus páginas.
Al terminar las últimas
frases de las dos novelas, me dejo guiar por la sensación que me dejan dentro. Y
siento más que pienso. Y una turbación de desasosiego me acompaña junto a la
sonrisa tonta que se me queda (asombrándome de que Onetti me deje elegir entre
dos cierres distintos). Y eso es precisamente lo que tienen los grandes
escritores: la emoción que son capaces de dejarnos cuando cerramos el libro y
siguen sus frases dentro de nosotros sin morir nunca.
Y aquí van los finales de
estas dos magníficas obras que no necesitan palabras:
«(O
mejor, los lancheros lo encontraron, pisándolo casi, encogido, negro con la
cabeza que tocaba las rodillas protegidas por el untuoso presagio del sombrero,
empapado por el rocío, delirando. Explicó con grosería que necesitaba escapar,
manoteó aterrorizado el revólver y le rompieron la boca. Alguno después tuvo
lástima y lo levantaron del barro; le dieron un trago de caña, risas y
palmadas, fingieron limpiarle la ropa, el uniforme sombrío, raído por la
adversidad, tirante por la gordura. Eran tres los lancheros, y sus nombres
constan; estuvieron atravesando el frío de la madrugad, y moviéndose sin apuros
y errores entre el barco y el pequeño galpón de mercaderías, cargando cosas,
insultándose con amasada paciencia. Larsen les ofreció el reloj y lo admiraron
sin aceptarlo. Tratando de no humillarlo, lo ayudaron a trepar y a acomodarse
en la banqueta de popa. Mientras la lancha temblaba sacudida por el motor,
Larsen, abrigado con las bolsas secas que le tiraron, pudo imaginar en detalle
la deconstrucción del edificio del astillero, escuchar el siseo de la ruina y
del abatimiento.
Pero
lo más difícil de sufrir debe haber sido el inconfundible aire caprichoso de
septiembre, el primer adelgazado olor de la primavera que se desliza
incontenible por las fisuras del invierno decrépito. Lo respiraba lamiéndose la
sangre del labio partido a medida que la lancha empinada remontaba el rio.
Murió de pulmonía en El Rosario, antes de que terminara la semana, y en los
libros del hospital figura completo su nombre verdadero.)*
El astillero, J.C.
Onetti
«En
el pabellón, una banda con un uniforme azul verdoso del ejército interpretaba
Massanet, Scriabine y Berlioz convirtiéndolos en una delegada capa de
Chaikovski torturado sobre una rebanada de pan correoso, mientras el crepúsculo
se disolvía en húmedos reflejos que caían desde las ramas sobre el pabellón y
los sombríos hongos de los paraguas. Vibrantes y llenos de resonancias, los
acordes de los instrumentos de viento estallaban y morían en el verde espesor
del crepúsculo, despeñándose luego en intensas oleadas tristes. Temple ocultó
un bostezo con la mano y después, sacando una polvera, la abrió para contemplar
en el espejo un rostro en miniatura, malhumorado, descontento y triste. Al
cerrar la polvera, protegida por el ala de su elegante sombrero nuevo, dio la
impresión de seguir con los ojos las ondas de música, para –más allá del
estanque y del opuesto semicírculo de árboles, donde, entre intervalos de
sombra, cavilaban tranquilas las reinas muertas de sus mármoles con pátina–
perderse finalmente en un cielo que yacía, postrado y vencido, estrechamente
abrazado a la estación de la lluvia y de la muerte.»
®
Santuario, W.
Faulkner
* El astillero, 1961; Seix Barral, 2002.
Juan Carlos Onetti
(Montevideo, 1909 – Madrid, 1995).
® Santuario, 1931; Alfaguara, 2006.
William Faulkner (New Albany, Mississippi, 1897 – Oxford, Mississippi,
1962).

Foto: W. Faulkner encendiendo su pipa.

1 Comments

  • Carlos Suchowolski
    Posted 14 julio 2012 at 11:28 am

    Muy dulces remembranzas dejadas por las lecturas que se solapan y entretejen. Toda una revelación que me impresiona mientras justamente estaba leyendo cuentos de Faulkner…
    Hasta otra.
    Carlos.
    PD: por cierto, ya te tenía fichada en FB y te había incluido en mi blogroll… pero ya se sabe… el tiempo…los solapamientos que no siempre coinciden.

Comments are closed.